La república del tapón y la fosa

La Jabalinada / Bruno Cortés

En México ya no gobiernan los hechos: gobierna el maquillaje. El país se cae a pedazos, pero siempre aparece un funcionario con casco limpio, camisa planchada y cara de “aquí no pasó nada” para explicarnos que el derrame no era derrame, que la crisis no era crisis y que los desaparecidos, bueno, casi casi se evaporaron solos en el aire patriótico de la transformación.

Así funciona esta república del tapón y la fosa. El tapón para contener la mugre discursiva; la fosa para esconder lo que no cabe en la conferencia mañanera.

De un lado están las madres buscadoras, esas mujeres que hace mucho dejaron de pedir permiso para hacer el trabajo que le corresponde al Estado. Mientras la burocracia sella oficios, clasifica expedientes y redacta comunicados huecos, ellas escarban tierra, remueven piedras, levantan huesos y desentierran verdades. Son el retrato más demoledor del fracaso institucional mexicano: en este país, la justicia no llega en patrulla ni en ministerio público; llega con pala, tenis desgastados y una foto arrugada en la mano.

Y del otro lado está el gobierno de las versiones. Ese zoológico de voceros, técnicos, subsecretarios, asesores y propagandistas que siempre encuentran una manera elegante de llamar “incidente” al desastre, “ajuste” al retroceso y “coordinación” al tiradero. Si el mar aparece manchado, no fue fuga: fue un fenómeno raro, una casualidad geológica, una travesura del destino, un barco fantasma, una chapopotera con vocación opositora. Todo, menos aceptar que el aparato público se pudrió en su propia costumbre de negar antes de investigar.

La tragedia nacional ya ni siquiera consiste en que las cosas salgan mal. Lo verdaderamente escandaloso es la velocidad con la que el poder construye una mentira provisional para comprar tiempo. En México, la verdad oficial es como los puestos ambulantes de fin de semana: se monta rápido, se ve aparente y desaparece en cuanto llega la primera inspección seria.

Ahí está la gran enfermedad del régimen. No resolver, sino administrar percepciones. No limpiar la casa, sino bajar la luz para que no se vea el cochambre. No castigar a los responsables, sino improvisar un culpable secundario, una explicación técnica, una narrativa de ocasión. El poder ya no quiere gobernar la realidad; quiere editarla.

Y mientras arriba editan, abajo se amontonan los escombros. Fiscalías que prometen justicia con la misma seriedad con la que un merolico vende pomadas milagrosas. Registros incompletos. Carpetas mal armadas. familiares que tienen que investigar por su cuenta. Policías que deberían buscar criminales, pero a veces parecen más ocupados buscando cómo sacarle dinero al dolor ajeno. Todo eso envuelto en el celofán brillante de la “reorganización institucional”, esa vieja maroma administrativa que consiste en mover escritorios para fingir que se movió la historia.

Luego viene el capítulo energético, que en este país siempre se escribe entre el dogma y la torpeza. Durante años nos vendieron certezas ideológicas como si fueran estrategia nacional. Que esto sí. Que esto no. Que aquello era traición. Que lo otro era soberanía. Y ahora, con la urgencia respirando en la nuca, resulta que había que replantearlo todo. Fracking, gas, inversión, planeación, dependencia externa. La realidad, ingrata como es, terminó por patear la puerta de los dogmas. Pero en vez de admitir el extravío, prefieren decir que se trata de una “evolución natural del modelo”. Natural, sí: como un choque de tráileres en bajada.

La 4T prometió una limpieza moral de arriba abajo. Lo que tenemos, en demasiados casos, es una administración que se indigna selectivamente, encubre estratégicamente y corrige cuando ya no le queda de otra. Cambiaron los lemas, cambiaron los colores, cambiaron los enemigos favoritos. Lo que no cambió fue esa pulsión tan mexicana del poder por tratar a la ciudadanía como cliente cautivo de una versión oficial rebajada.

Y aquí está el detalle más brutal: el país real ya no le cree al país narrado. Mientras en el micrófono se presume control, en el territorio manda el desgaste. Mientras desde la tribuna se recitan principios, en la calle las familias siguen buscando desaparecidos, los mares siguen pagando la factura de la negligencia y las instituciones siguen pidiendo paciencia como si la paciencia fuera política pública.

México se ha convertido en una escenografía donde la autoridad entra siempre tarde, mal y con un boletín en la mano. Y cuando por fin llega, no trae soluciones: trae justificaciones.

Al final, la nación entera parece una obra pública inconclusa: varillas expuestas, lonas mal amarradas y funcionarios inaugurando renderings. Pero debajo del decorado ya no hay sólo incompetencia. Hay algo peor: una adicción crónica al autoengaño.

Porque un gobierno que necesita mentir para parecer fuerte ya empezó a podrirse por dentro. Y un país que obliga a sus madres a buscar muertos mientras sus dirigentes buscan adjetivos, no está viviendo una transformación: está administrando su propia vergüenza.

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