La falta de exposición a la luz natural podría ser uno de los factores que contribuyen a los problemas de sueño que experimentan muchos adultos mayores. Una nueva investigación sugiere que una intervención tan sencilla como utilizar una lámpara de fototerapia durante determinadas horas del día puede ayudar a mejorar los ciclos de descanso y actividad, especialmente entre quienes viven en ciudades donde reciben poca luz natural.
El estudio, publicado el 2 de septiembre en el Journal of Pineal Research, encontró que la terapia de luz brillante mejoró los patrones de sueño y los niveles de actividad de adultos mayores que participaron en la investigación. Los resultados son relevantes porque plantean la posibilidad de utilizar la luz como una herramienta no farmacológica para favorecer un envejecimiento saludable.
La investigación estuvo encabezada por científicos de la Universidad de Surrey, en Reino Unido, quienes estudiaron a más de 200 personas de entre 63 y 92 años residentes en Tartu, Estonia; Bolonia, Italia, y Ámsterdam, Países Bajos. La selección de participantes permitió analizar el efecto de la intervención en personas que vivían en diferentes entornos urbanos y pertenecían a distintas culturas.
Antes de comenzar con la terapia, todos los participantes fueron monitoreados durante dos semanas para conocer sus hábitos habituales de exposición a la luz, sus ciclos de sueño y descanso y sus niveles de actividad física. Para ello utilizaron dispositivos portátiles y llevaron registros diarios, lo que permitió a los investigadores observar cómo se comportaba su rutina en condiciones reales.
Posteriormente, aproximadamente la mitad de los participantes fue seleccionada al azar para recibir durante tres meses terapia de luz en interiores. Para ello utilizaron una lámpara de espectro completo instalada en la habitación de la vivienda que utilizaban con mayor frecuencia.
La indicación era relativamente sencilla: colocar la lámpara aproximadamente a la altura de la cabeza, encenderla durante la primera hora después de despertar y apagarla cuatro horas antes de la hora habitual de dormir. De esta manera, el tratamiento buscaba concentrar la exposición a la luz en las primeras horas del día y evitar que una iluminación intensa se prolongara hasta la noche.
El horario resultó ser un elemento importante. Los investigadores observaron que las personas que comenzaban la exposición a la luz más temprano, los llamados «alondras matutinas», presentaban mayores niveles de actividad durante el día y patrones de descanso y actividad más saludables que quienes tendían a despertarse más tarde.
La explicación está relacionada con el funcionamiento del reloj biológico. La luz diurna es una de las principales señales que utiliza el organismo para sincronizar el ritmo circadiano, el sistema interno que ayuda a determinar cuándo debemos estar despiertos y cuándo es momento de dormir.
Durante el día, la exposición adecuada a la luz ayuda al cerebro a reconocer que es momento de permanecer activo. Conforme se acerca la noche, la disminución de la iluminación ambiental contribuye a preparar al organismo para el descanso. Cuando este ciclo se altera de manera constante, pueden aparecer dificultades para conciliar el sueño, despertares nocturnos o una sensación de cansancio durante el día.
«Sin embargo, a menudo los adultos mayores en zonas urbanas, debido al deterioro de su visión o quizás a problemas de movilidad que les impiden salir, no reciben esta exposición a buena luz», explicó Daan van der Veen, profesor titular de sueño y cronobiología de la Universidad de Surrey y uno de los investigadores principales. Según el especialista, esta falta de luz puede contribuir a problemas de sueño y salud y aumentar el riesgo de enfermedades crónicas.
Los resultados posteriores respaldaron esta relación. En una nueva evaluación de dos semanas, los investigadores encontraron que las personas que recibían una mayor cantidad de luz también tendían a presentar más actividad durante el día, un estado de vigilia más favorable y una mejor calidad del sueño.
El momento en que se recibía la luz también parecía importar. Los participantes obtenían mejores resultados cuando la fototerapia terminaba más temprano, ya que esto reducía la exposición a luz intensa durante la tarde y la noche y dejaba un periodo suficiente para que el organismo comenzara a relajarse antes de acostarse.
Este aspecto es especialmente importante porque no se trata simplemente de recibir «más luz» en cualquier momento. El objetivo de la fototerapia es ayudar a reforzar el patrón natural de exposición durante el día y evitar una iluminación excesiva cuando el cuerpo debería comenzar a prepararse para dormir.
Los investigadores también encontraron que la intervención podría ser particularmente relevante para adultos mayores que viven con problemas crónicos de salud. Durante las dos semanas iniciales de observación, las personas con hipertensión, diabetes, obesidad y enfermedades cardiovasculares presentaron niveles significativamente menores de exposición total a la luz.
Esto no significa que la falta de luz sea necesariamente la causa de estas enfermedades, pero sí plantea una relación que merece mayor investigación. En personas que ya enfrentan limitaciones de movilidad, problemas de visión u otras dificultades para salir de casa, una fuente de luz adecuadamente utilizada podría convertirse en una alternativa para reforzar algunas de las señales ambientales que necesita el reloj biológico.
Para Débora Constantino, investigadora principal y estudiante de posgrado de la Universidad de Surrey, uno de los aspectos más importantes del trabajo es que los resultados obtenidos previamente en condiciones de laboratorio también se observaron en situaciones cotidianas. La investigación incluyó personas que vivían en diferentes ciudades, estaban expuestas a distintas cantidades de luz natural y pertenecían a contextos culturales diversos.
Los hallazgos, por ello, apuntan hacia una intervención potencialmente sencilla y de bajo costo. «La luz es una intervención sencilla, no farmacológica y potencialmente rentable», señaló Constantino, quien consideró que desde una perspectiva de salud pública podría contribuir a promover un envejecimiento más saludable.
La investigación también refuerza la importancia de prestar atención a los hábitos de iluminación dentro de casa. Para las personas mayores que pasan buena parte del día en interiores, mantener una exposición suficiente a la luz durante las primeras horas de la mañana podría ser especialmente útil para fortalecer la diferencia entre el periodo de actividad y el de descanso.
Aun así, la fototerapia no debe interpretarse como un sustituto automático de la atención médica ni como una solución universal para todos los trastornos del sueño. Los problemas persistentes para dormir pueden tener múltiples causas y requieren una valoración adecuada. El estudio, más que ofrecer una cura, aporta evidencia de que la iluminación ambiental puede desempeñar un papel relevante en la salud del sueño y en los niveles de actividad de las personas mayores.
La investigación abre así una perspectiva interesante: mejorar el descanso durante la vejez podría no depender únicamente de medicamentos o de modificar la hora de acostarse. En determinados casos, también podría comenzar por algo tan cotidiano como recibir suficiente luz durante el día y permitir que el ambiente vuelva a oscurecerse conforme llega la noche.
