El 24 de febrero de 1821, Agustín de Iturbide proclamó el Plan de Iguala, un documento que propuso una salida política a once años de guerra. Sus tres garantías —religión, independencia y unión— intentaron reunir a sectores que hasta entonces habían combatido en bandos distintos. El plan no fue una simple continuación del levantamiento de 1810: fue una negociación que cambió las alianzas y aceleró la separación de Nueva España respecto de la monarquía española.
La coyuntura favorecía un acuerdo. En España, la restauración de la Constitución de Cádiz y los conflictos entre absolutistas y liberales inquietaban a grupos de poder en América. En Nueva España, comerciantes, propietarios, militares, clérigos e insurgentes evaluaban qué consecuencias tendría aplicar reformas peninsulares. Iturbide, antiguo comandante realista, entendió que la incertidumbre podía abrir una coalición más amplia que la que habían conseguido las primeras campañas insurgentes.
La garantía de la religión católica buscaba tranquilizar a la Iglesia y a quienes temían una ruptura con el orden corporativo. La independencia prometía un gobierno propio, aunque el plan dejaba abierta la forma exacta de la monarquía que se establecería. La unión, por su parte, pretendía terminar con las divisiones entre americanos y españoles residentes. Estas fórmulas permitieron sumar apoyos, pero también ocultaron desacuerdos sobre ciudadanía, privilegios y distribución de la riqueza.
El plan propuso ofrecer el trono a Fernando VII o a un miembro de su familia, siempre que aceptara gobernar la nueva nación. Si la invitación no prosperaba, se contemplaba elegir a otra casa reinante. La salida monárquica no significaba para todos lo mismo: algunos la veían como garantía de estabilidad y reconocimiento internacional; otros la consideraban una manera de conservar jerarquías coloniales bajo una bandera nueva.
Vicente Guerrero fue decisivo para que la propuesta pudiera avanzar. Tras años de resistencia insurgente en el sur, Guerrero aceptó reunirse con Iturbide y respaldar la causa de la independencia. La llamada entrevista de Acatempan simbolizó una convergencia política, aunque sus detalles fueron reconstruidos de forma distinta por la memoria posterior. Más allá de la anécdota, el acuerdo mostró que la consumación requería integrar fuerzas con trayectorias e intereses diferentes.
El Ejército Trigarante avanzó con una combinación de operaciones militares, adhesiones locales y negociaciones con mandos realistas. Cada ciudad que se sumaba reducía la capacidad del gobierno virreinal para sostener el control territorial. El movimiento no fue uniforme: hubo resistencias, cambios de bando y regiones donde la guerra continuó. La rapidez del desenlace en el centro del país no debe confundirse con una transición pacífica en todo el territorio.
El Tratado de Córdoba, firmado el 24 de agosto de 1821 por Iturbide y Juan O’Donojú, reconoció en los hechos la independencia, aunque la Corona española no lo ratificó. El documento retomó el espíritu del Plan de Iguala y abrió el camino para formar una junta de gobierno. La ausencia de una aceptación inmediata desde Madrid dejó a la nueva nación con un problema de legitimidad internacional y con la tarea urgente de construir su propia administración.
El 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante entró en la Ciudad de México. La escena se convirtió en la imagen de la consumación, pero el día siguiente exigió decisiones sobre deuda, ejército, fronteras, impuestos y autoridad. La ruptura con España no borró las estructuras económicas y sociales heredadas. Muchos funcionarios, propietarios y corporaciones permanecieron, mientras los antiguos insurgentes reclamaban que la independencia también significara cambios sociales.
El desenlace de 1821 recuerda que las naciones suelen nacer de acuerdos incompletos. El Plan de Iguala hizo posible una coalición, pero dejó pendientes la forma de gobierno y el alcance de la igualdad. México obtuvo soberanía formal y comenzó una larga disputa por definirla en instituciones. La consumación fue, al mismo tiempo, una victoria militar, una negociación de élites y el inicio de otra etapa de conflictos sobre quién debía gobernar y para quién.
