Cada año, millones de aves emprenden viajes que convierten a América en una enorme red ecológica. Algunas nacen en los bosques boreales de Canadá y Estados Unidos, atraviesan México, Centroamérica y el Caribe, y llegan hasta Sudamérica para pasar allí la temporada no reproductiva. Después regresan al norte para comenzar nuevamente su ciclo.
La reinita de Canadá (Cardellina canadensis) es un ejemplo de esa extraordinaria conexión. Para completar su recorrido no necesita solamente que sobreviva el bosque donde se reproduce: también requiere encontrar sitios adecuados para alimentarse, descansar y recuperar energía a lo largo de miles de kilómetros.
Cuando uno de esos lugares desaparece o se deteriora, todo el viaje puede complicarse.
Ese es uno de los principales mensajes de la nueva edición de State of the World’s Birds, el informe que BirdLife International publica cada cuatro años y que en 2026 está dedicado a las aves migratorias y a los ecosistemas que conectan sus áreas de reproducción, descanso y temporada no reproductiva.
El diagnóstico revela una tendencia preocupante: de las 1,843 especies consideradas migratorias por BirdLife, 45% tiene poblaciones en declive. Otro 30% permanece estable, 14% muestra una tendencia ascendente y en 11% de las especies no existen datos suficientes para determinar hacia dónde se dirigen sus poblaciones.
“Las aves migratorias están disminuyendo porque enfrentan múltiples amenazas a lo largo de su ciclo anual”, explicó Jhonnattan Valdez, biólogo y coordinador del programa Preventing Extinctions de BirdLife International para las Américas. Por ello, señaló, su conservación no puede depender de acciones aisladas en una sola especie, sitio o país.
Una de cada nueve especies migratorias está amenazada
La disminución poblacional no significa automáticamente que una especie ya esté clasificada como amenazada de extinción. Esa diferencia es uno de los aspectos que más llaman la atención del informe.
Las evaluaciones mundiales más recientes de las aves migratorias incluidas en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) indican que unas 200 especies, aproximadamente una de cada nueve, están amenazadas de extinción.
De ellas, 32 se encuentran en la categoría de En Peligro Crítico, 57 están clasificadas como En Peligro y 111 como Vulnerables. Otras 111 aparecen como Casi Amenazadas, es decir, se encuentran cerca de cumplir los criterios para entrar en alguna de las categorías de amenaza.
Además, siete especies migratorias han sido confirmadas o se sospecha que desaparecieron durante los últimos 150 años.
Entre ellas se encuentra el zarapito fino (Numenius tenuirostris), cuya extinción fue anunciada oficialmente en 2025. De acuerdo con el informe, se trata de la primera extinción global de un ave en la parte continental de Eurasia y África registrada en siglos recientes.
En el continente americano, la situación también genera preocupación. De las 666 especies migratorias que forman parte del sistema de rutas de las Américas, 43% presenta poblaciones en descenso. Sin embargo, solo 6% está clasificado actualmente como amenazado de extinción.
La diferencia muestra que una especie puede estar perdiendo individuos a un ritmo considerable antes de alcanzar una categoría formal de amenaza.
América funciona como una enorme ruta migratoria
Las rutas migratorias no son líneas precisas que puedan dibujarse sobre un mapa. Son grandes redes ecológicas formadas por zonas de reproducción, sitios de descanso, áreas de alimentación y lugares donde las aves permanecen durante la temporada no reproductiva.
Por eso, una especie que se reproduce en Canadá puede depender de ecosistemas ubicados en México, Centroamérica o Sudamérica para completar su ciclo anual.
Martin Harper, director ejecutivo de BirdLife International, describe a la migración como una de las grandes maravillas del mundo natural, pero advierte que los sitios de los que dependen las aves también son esenciales para las personas.
El deterioro de esos ecosistemas, por lo tanto, no representa únicamente un problema para la fauna. También puede afectar los servicios ambientales que proporcionan los humedales, bosques, costas y otros ambientes utilizados por las aves.
En el continente americano, Centroamérica puede funcionar como un cuello de botella migratorio, ya que concentra el desplazamiento de numerosas especies en determinados momentos del año.
México también ocupa una posición estratégica. La pérdida de hábitat en ecosistemas como la Selva Maya o los bosques de pino-encino puede afectar a especies que llegan desde Norteamérica y dependen de estos ambientes durante diferentes etapas de su ciclo.
El cambio climático está modificando el calendario de las aves
A las amenazas directas se suman fenómenos que pueden alterar las condiciones ambientales de las rutas migratorias.
El cambio climático y eventos meteorológicos extremos pueden obligar a las aves a gastar más energía, aumentar los riesgos de mortalidad y modificar los momentos en que llegan o abandonan determinados territorios.
Ese último fenómeno puede provocar un problema particularmente delicado: los llamados desajustes fenológicos.
Una especie puede llegar a un sitio en la época en que históricamente encontraba grandes cantidades de alimento, pero si las temperaturas han cambiado los ciclos de otras especies, esa fuente alimenticia podría haber disminuido o desaparecido.
En el caso de las aves que alimentan a sus crías con insectos, por ejemplo, una diferencia entre el momento de llegada y el periodo de mayor disponibilidad de alimento puede dificultar la supervivencia de los polluelos.
El fenómeno de fondo es que las especies no responden todas a los cambios ambientales al mismo ritmo.
Las poblaciones han perdido miles de millones de individuos
Los datos disponibles en Norteamérica permiten dimensionar la magnitud del problema.
Los registros obtenidos mediante radares y monitoreos de largo plazo indican que 419 especies migratorias perdieron en conjunto unos 2,500 millones de individuos entre 1970 y 2017.
Mientras tanto, un grupo de 100 especies residentes mostró un ligero aumento durante ese periodo.
Las aves playeras presentan algunos de los descensos más pronunciados. En Norteamérica, 26 de las 28 especies monitoreadas disminuyeron entre 1980 y 2019, y más de la mitad perdió más de 50% de su abundancia.
A escala mundial, 54% de las especies de aves playeras migratorias presenta una tendencia descendente. Lo mismo ocurre con 49% de las aves marinas migratorias.
Los ambientes costeros, marinos y forestales tampoco escapan a esta tendencia: entre 47% y 51% de las especies asociadas con estos ecosistemas muestran disminuciones poblacionales.
Agricultura, contaminación y pérdida de hábitat presionan a las aves
Las amenazas no tienen una sola causa. BirdLife identifica un conjunto de presiones que actúan en diferentes etapas del ciclo migratorio.
Entre las especies migratorias globalmente amenazadas, 70% está afectado por especies invasoras, especies problemáticas o enfermedades. La agricultura afecta a 52%, mientras que otro 52% enfrenta los efectos del cambio climático y los fenómenos meteorológicos extremos.
La caza y captura afectan a 50% de estas especies y la contaminación a 48%.
La importancia de cada amenaza cambia dependiendo de la región.
En Norteamérica, la agricultura extensiva y el uso de pesticidas tienen un impacto importante, particularmente sobre algunas aves paseriformes migratorias. Desde Centroamérica hasta el Cono Sur, en cambio, la pérdida y fragmentación de los hábitats adquiere un peso especialmente relevante.
A esto se suman las colisiones con infraestructura, la cacería y los fenómenos climáticos extremos.
El cambio climático también plantea nuevos retos para las energías renovables
El informe señala otro desafío: algunas de las respuestas diseñadas para enfrentar el cambio climático también deben planificarse tomando en cuenta a las aves.
La transición hacia fuentes de energía renovable es necesaria para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, pero la ubicación de parques eólicos, líneas de transmisión y otra infraestructura puede generar riesgos para determinadas especies.
Para BirdLife, el objetivo debe ser incorporar las necesidades de la fauna desde las primeras etapas de planificación, de manera que la expansión de las energías renovables pueda avanzar sin crear nuevas barreras para las rutas migratorias.
La planeación adecuada puede incluso facilitar la aceptación social de los proyectos, al reducir conflictos ambientales antes de que las obras comiencen.
Proteger un solo lugar no basta
Uno de los principales desafíos que plantea el informe es que las áreas protegidas, aunque indispensables, no son suficientes.
Muchas aves migratorias pasan buena parte de su vida fuera de las reservas y parques naturales. Por eso, también resulta necesario conservar los paisajes que conectan las distintas etapas de su recorrido.
Hay señales de avance. BirdLife señala que la proporción promedio de las Áreas Clave para la Biodiversidad importantes para aves migratorias que cuentan con áreas protegidas u otras medidas efectivas de conservación pasó de 11% en 1980 a 49% en la actualidad.
En América Latina y el Caribe, una de las iniciativas destacadas es Conserva Aves, creada en 2021 por BirdLife y organizaciones aliadas. El programa trabaja con comunidades y organizaciones locales para establecer y gestionar áreas protegidas y mecanismos de conservación en ocho países de Centro y Sudamérica.
Hasta ahora, la iniciativa ha contribuido a la designación o reconocimiento de 43 áreas protegidas y otras medidas de conservación, que abarcan más de 1.2 millones de hectáreas y benefician a más de 350 especies migratorias.
Las comunidades también son parte de la solución
El informe destaca además el papel de los pueblos indígenas y las comunidades locales en la conservación de las rutas migratorias.
Una revisión de estudios citados por BirdLife encontró mejores resultados sociales y ecológicos cuando las comunidades participan de manera central en la gobernanza y el manejo de los proyectos.
Un ejemplo se encuentra en la Amazonía brasileña, donde 21 playas fluviales protegidas por comunidades concentraron más de 80% de las aves registradas en un estudio que analizó 155 sitios.
Estos casos muestran que proteger las rutas migratorias no depende únicamente de crear nuevas reservas. También implica mantener ecosistemas productivos y saludables en territorios donde las comunidades viven y desarrollan sus actividades.
Para los especialistas, llevar estas experiencias a una escala continental requiere financiamiento, políticas públicas y cooperación entre países.
La publicación del informe coincidió con la Declaración de Nairobi sobre las Rutas Migratorias, mediante la cual gobiernos, organizaciones, científicos e instituciones financieras expresaron su compromiso de fortalecer la cooperación internacional.
Proteger a las aves también significa proteger a las personas
Las aves migratorias pueden parecer pequeñas frente a la dimensión de los problemas ambientales que atraviesan, pero su recorrido revela algo mucho mayor: los ecosistemas están conectados mucho más allá de las fronteras políticas.
Las aves ayudan a controlar poblaciones de insectos, dispersar semillas, polinizar plantas y movilizar nutrientes entre diferentes ecosistemas. Los mismos bosques, humedales y zonas costeras que necesitan para sobrevivir también almacenan carbono, filtran agua, reducen el impacto de inundaciones y sostienen actividades económicas.
El Pantanal, por ejemplo, es utilizado por numerosas aves migratorias durante distintas etapas de sus recorridos y, al mismo tiempo, funciona como un enorme regulador hidrológico que almacena agua durante la temporada lluviosa y la libera gradualmente durante la época seca.
Por eso, conservar una ruta migratoria significa mucho más que evitar que desaparezca una especie.
Cada bosque, humedal, playa o zona de descanso representa un eslabón de una red que atraviesa continentes. Cuando uno se pierde, las aves deben enfrentar un viaje más difícil; cuando varios desaparecen, la propia ruta comienza a romperse.
El reto para la conservación consiste ahora en mantener conectados esos espacios y coordinar acciones entre países, gobiernos, comunidades, científicos y organizaciones.
La migración seguirá siendo uno de los grandes fenómenos de la naturaleza, pero su futuro dependerá de que los territorios que hacen posible ese viaje también tengan un futuro.
