Durante mucho tiempo, en la cultura mexicana el cuerpo se miró desde la indulgencia. El “gordito feliz”, el “así soy yo” o el “de algo hay que morir” funcionaron como escudos culturales frente a la culpa por comer, descansar poco o no hacer ejercicio. En el otro extremo, en años recientes, surgió una narrativa igualmente rígida: la del cuerpo perfectamente “healthy”, disciplinado, medido al gramo y vigilado por apps, rutinas y etiquetas. Entre ambos polos, muchas personas se sienten perdidas, cansadas o en constante contradicción.
El problema no está en disfrutar la comida ni en cuidar la salud, sino en convertir cualquiera de estas posturas en identidad absoluta. Romantizar el descuido puede invisibilizar problemas reales de salud, mientras que la obsesión por lo “saludable” puede derivar en ansiedad, culpa constante y una relación hostil con el propio cuerpo. La ciencia y la experiencia cotidiana coinciden en algo: los extremos rara vez son sostenibles.
Buscar un punto medio implica cambiar la conversación. Comer bien no es sinónimo de restricción permanente ni de perfección nutricional. Significa entender la comida como nutrición, placer y cultura al mismo tiempo. Un plato de verduras no anula el derecho al antojito, y una comida abundante no define el valor personal ni la salud de alguien. El cuerpo no funciona en términos morales.
También es necesario replantear la idea de salud. Estar sano no siempre se ve igual en todos los cuerpos. Hay personas activas, con buenos hábitos y chequeos médicos al día, que no encajan en el ideal estético dominante. Reducir la salud a una imagen genera estigmas y deja fuera factores igual de importantes como el descanso, el manejo del estrés y la salud mental.
El movimiento es otro punto de tensión. Durante años se asoció el ejercicio con castigo: “quemar” lo que se comió, compensar excesos o modificar el cuerpo a la fuerza. Un enfoque más equilibrado propone moverse por bienestar, no por culpa. Caminar, bailar, estirarse o hacer fuerza pueden ser actos de autocuidado si se viven desde la funcionalidad y el disfrute, no desde la autoexigencia extrema.
En este punto medio, el lenguaje importa. Frases como “me porté mal”, “pecado”, “trampa” o “día libre” refuerzan una relación tensa con la comida. Hablar de elecciones, contextos y balance permite una narrativa más amable y realista. Comer también es social, emocional y simbólico, especialmente en culturas donde compartir la mesa es central.
Aceptar el cuerpo como un proceso y no como un proyecto terminado es parte de esta transición cultural. Los cuerpos cambian con la edad, el trabajo, la maternidad, el estrés o la enfermedad. Pretender control absoluto no solo es irreal, también es agotador. El “healthy sin obsesión” reconoce límites, escucha señales y ajusta expectativas.
Entre el “gordito feliz” que niega cualquier consecuencia y el “healthy” que vive en vigilancia constante, existe un espacio más humano. Un lugar donde cuidarse no significa castigarse y disfrutar no implica abandonarse. Encontrar ese punto medio no es una meta fija, sino una práctica cotidiana de equilibrio, autoconocimiento y, sobre todo, respeto hacia el propio cuerpo.
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