México, pueblo inventor: la imprenta, el dinero y la ciencia que el relato del agravio oculta

Por Bruno Cortés

Mientras el gobierno mexicano acumula años exigiendo una disculpa formal a España por la Conquista del siglo XVI, la historia registra con puntualidad lo que esa narrativa deja fuera: México fue, durante siglos, el centro monetario, intelectual y científico del continente americano. La Ciudad de México albergó la primera imprenta del Nuevo Mundo en 1539, la primera Casa de Moneda de América en 1535, el hospital más antiguo del hemisferio en 1524, produjo la primera divisa verdaderamente global de la historia moderna, domesticó el maíz hace nueve mil años, construyó una de las mayores urbes del planeta sobre un lago sin usar la rueda, inventó la televisión a color, sintetizó la píldora anticonceptiva y produjo al científico que salvó la capa de ozono. La narrativa del agravio y la del logro coexisten, pero en el debate público únicamente una ocupa el centro del escenario.

Desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, México ha exigido a España un reconocimiento explícito de los excesos cometidos durante la Conquista. Claudia Sheinbaum argumentó que debe haber un perdón por las masacres y violencia que dejó ese proceso histórico, citando episodios como la masacre de Cholula y la del Templo Mayor. La demanda se convirtió en eje de política exterior y en narrativa de identidad nacional: México como pueblo herido que espera reparación. Lo que esa lectura no nombra es la otra mitad del expediente histórico — la más larga, la más productiva y, paradójicamente, la menos contada por quienes gobiernan.
Tenochtitlán reflejaba los avances científicos y artísticos de sus habitantes: la traza urbana y la orientación de los edificios expresaban conocimientos precisos sobre el movimiento de los astros, mientras que sus grandes obras hidráulicas y el sistema de chinampas dan cuenta de aptitudes de ingeniería y arquitectura que no tenían paralelo en el continente.

La ciudad, fundada en 1325 sobre una isla del lago de Texcoco, tenía al momento del contacto con los españoles una población estimada de entre 200 mil y 300 mil habitantes, comparable con las mayores urbes europeas de la época. Uno de sus logros más impresionantes fue su infraestructura hidráulica: acueductos que traían agua dulce desde los manantiales de Chapultepec, estructuras de ingeniería avanzada construidas con canales elevados que aseguraban un suministro constante. Todo eso fue edificado sin herramientas de hierro, sin animales de carga y sin el concepto de rueda aplicado al transporte. No es el registro de una civilización pasiva.

Sobre ese mismo suelo donde el mundo mesoamericano y el europeo se miraron por primera vez a los ojos, se levantaría tres años después de la caída de Tenochtitlán una de las instituciones más perdurables del continente. El Hospital de Jesús es el hospital más antiguo de América y está ubicado en el lugar donde Hernán Cortés y Moctezuma II se encontraron por primera vez en 1519, que era entonces el camino que conducía a Iztapalapa. Fundado en 1524, nació con una misión única para su época: atender por igual a españoles, indígenas y castas, sin distinción. Cortés lo concibió como una institución laica, lo cual le permitió sobrevivir a las Leyes de Reforma del siglo XIX, que suprimieron muchas propiedades religiosas.

En ese recinto se realizaron las primeras cirugías del territorio y fue una de las primeras instituciones médicas del continente en incorporar técnicas de medicina indígena. Ese detalle, raramente mencionado en el discurso oficial, habla de una fusión que ocurrió desde el primer día: el primer hospital del continente no fue español ni indígena, fue los dos al mismo tiempo. Hoy, cinco siglos después, sigue atendiendo pacientes en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Apenas once años después de fundar ese hospital, la misma ciudad instaló la primera institución financiera del continente americano. La Real Casa de Moneda de México fue establecida por real cédula del 11 de mayo de 1535, ejecutada por el virrey Antonio de Mendoza, y fue la primera ceca de América. Su impacto trascendió cualquier frontera colonial: el Real de a 8 acuñado en sus talleres se usó como medio de cambio en los siglos XVII, XVIII y XIX en los reinos de Europa Occidental, Japón, China y los Estados Unidos, donde se le conoció como Spanish dollar. Fue la primera moneda de curso legal en los Estados Unidos hasta que una ley de 1857 la sacó de circulación, y muchas divisas actuales tomaron su denominación de ese peso mexicano, entre ellas el dólar, el yuan y el peso. El propio término «dólar» es deudor directo de esa moneda: el Spanish daller que circulaba en las Trece Colonias se redujo con el tiempo a simplemente dollar. Los revolucionarios estadounidenses llegaron a financiar su movimiento emitiendo papel moneda garantizado con reales de a ocho, y el dólar estadounidense, creado en 1785, no desplazó al Spanish Dollar sino hasta 1857. Durante ese intervalo, la joven república del norte dependía de la confiabilidad financiera de México para sostener su comercio. Los Founding Fathers construyeron su nación sobre plata novohispana.

Cuatro años después de abrir la primera Casa de Moneda del continente, la misma ciudad instaló la primera imprenta de todo el hemisferio. En 1539, el impresor Juan Pablos estableció en la llamada Casa de las Campanas — en la esquina de las actuales calles de Moneda y Licenciado Primo Verdad, en el Centro Histórico — la primera imprenta del continente, por gestión del obispo Juan de Zumárraga y autorización del virrey Antonio de Mendoza. El primer libro impreso fue la Breve y más compendiosa doctrina christiana en lengua mexicana y castellana. El periodismo americano nació aquí también: en 1542, Juan Pablos publicó la primera hoja periodística del continente, en la cual se dieron a conocer los terremotos de Guatemala ocurridos en septiembre de 1541. Antes de que existiera una sola imprenta en lo que hoy es Estados Unidos — la primera en Cambridge, Massachusetts, llegó en 1638 —, México llevaba casi un siglo de producción editorial ininterrumpida.

La fusión cultural posterior tampoco fue un proceso de borramiento. El mole — con sus más de 27 ingredientes que combinan cacao y chile de origen mesoamericano con especias del Viejo Mundo — es el símbolo más preciso de lo que realmente ocurrió: dos mundos que produjeron un tercero. La gastronomía mexicana fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2010, reconocimiento que no se otorga a culturas arrasadas sino a tradiciones vivas con capacidad creativa continua. La Real y Pontificia Universidad de México fue fundada en 1551, apenas treinta años después de la caída de Tenochtitlán, convirtiéndose en una red de desarrollo intelectual que operó durante un siglo como institución de referencia en el continente.

El siglo XX añadió capítulos igualmente sólidos. En 1940, el ingeniero Guillermo González Camarena patentó en México el sistema tricromático para la captación y reproducción de imágenes a color, calificado por la embajada norteamericana como una patente clave para el desarrollo de la televisión a color — sistema que la NASA utilizaría más tarde para transmitir imágenes desde la sonda Voyager. Luis Miramontes es hasta hoy el único mexicano incluido en el Salón de la Fama de Inventores de Estados Unidos, al lado de Louis Pasteur y Thomas Edison, por sintetizar en 1951 en la Ciudad de México el compuesto base de la píldora anticonceptiva. Mario Molina predijo en 1974 el adelgazamiento de la capa de ozono e impulsó el Protocolo de Montreal, el primer tratado internacional que ha enfrentado con eficacia un problema ambiental de escala global, y recibió el Nobel de Química en 1995. Son contribuciones que no necesitan compararse con ninguna otra civilización para sostenerse.

El contraste con el momento presente es el dato que cierra el argumento. En 2025, el presupuesto para ciencia y tecnología en México no llegó al 0.16% del producto interno bruto, el nivel más bajo desde 2008. Según datos de la UNESCO, México invirtió en 2021 el 0.28% de su PIB en investigación y desarrollo, mientras que España — el país al que se le pide disculpa — invirtió el 1.43%. Especialistas en historia y diplomacia coinciden en que es muy poco probable que España ofrezca una disculpa pública formal, principalmente por el costo político que el tema genera y por las implicaciones jurídicas que conllevaría. La demanda funciona, en ese sentido, más como postura permanente que como objetivo diplomático alcanzable. Un pueblo que fundó el primer hospital del continente en el lugar donde chocaron dos civilizaciones, que erigió el sistema monetario que financió a los Founding Fathers, que instaló la primera imprenta del hemisferio y que publicó el primer periódico de América no necesita que nadie más valide su grandeza. Ya está escrita — en piedra, en plata acuñada, en tinta impresa, en ozono salvado y en pantallas a color.

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