La Jabalinada Por Bruno Cortés
Mientras usted lee esto, un buque tanque de Pemex navega sigiloso por el Caribe cargado de crudo Olmeca, ese que dicen que ya no enviamos. La diplomacia mexicana ha decidido jugar al funambulista sobre el alambre de navajas que Donald Trump tendió en enero con su Orden Ejecutiva 14380. Lo que en Palacio Nacional llaman «solidaridad humanitaria», en Washington lo llaman «soporte vital a una dictadura», y la broma nos está saliendo cara. No son cacahuates: hablamos de una discrepancia contable de más de 2,500 millones de dólares entre lo que Pemex dice que regala y lo que realmente sale de los puertos. La Habana se apaga, la migración explota y México, en su afán de ser el hermano mayor, está a punto de importar una crisis que vaciaría la CDMX entera si nos pasara a nosotros.
La «Doctrina Estrada» ha mutado en 2026 hacia una «Doctrina de la Transfusión». Los datos de aduanas no mienten, aunque los informes a la SEC digan misa: Pemex ha inyectado recursos por un valor real estimado en 3,000 millones de dólares en hidrocarburos a la isla entre 2025 y lo que va del año. Oficialmente, el director de la petrolera jura que son solo 496 millones, una «fracción ínfima». Pero esa diferencia abismal es la que mantiene encendidas las precarias plantas eléctricas flotantes turcas en el Mariel, mientras la administración Sheinbaum hace malabares para que el T-MEC no colapse bajo la amenaza de aranceles secundarios que Trump firmó en la Oficina Oval.
El salvavidas no es solo petróleo. La ingeniería financiera incluye la contratación masiva de médicos cubanos —donde el régimen de La Habana confisca hasta el 90% del salario— y la impresión de 15 millones de libros de texto con sello ideológico pagados por el erario mexicano. Sumen a eso el programa «Sembrando Vida», que en el Caribe funciona menos como detonador agrícola y más como un subsidio directo en divisas fuertes para GAESA, el conglomerado militar que controla desde los hoteles hasta la venta de pollo en la isla.
Del otro lado del ring, el bloqueo estadounidense ha dejado de ser una reliquia de la Guerra Fría para convertirse en una trituradora financiera de alta tecnología. La inclusión de Cuba en la lista de patrocinadores del terrorismo (SSOT) y la activación del Título III de la Ley Helms-Burton han logrado un «des-riesgo» bancario total. Nadie quiere tocar un dólar cubano por miedo a una multa del Tesoro. Pero aquí entra la perversidad del sistema: esta asfixia, lejos de tumbar al gobierno, le ha dado la coartada perfecta. Si no hay aspirinas, es culpa del bloqueo; si se cae el sistema eléctrico, es culpa de los gringos.
El resultado es la creación de una «Dictadura de Trinchera». El asedio externo legitima la represión interna bajo la lógica de plaza sitiada. El gobierno cubano ha perfeccionado el arte de externalizar la culpa y centralizar la escasez. Al destruir a la clase media y a los pequeños emprendedores con sanciones, Estados Unidos paradójicamente fortalece a la única entidad con capacidad de maniobra internacional: la cúpula militar. Es la ley de las consecuencias no deseadas operando a nivel macroeconómico.
Pero el dato más escalofriante no es financiero, sino humano. Cuba se está vaciando. La isla ha perdido el 10% de su población en tres años. Para que dimensionemos el horror: si México sufriera una estampida proporcional, 13.1 millones de mexicanos se habrían largado desde 2023. Imaginen que la Zona Metropolitana del Valle de México amanece vacía mañana; ni un alma en el Metro, ni un coche en el Periférico. Eso es lo que está pasando allá.
Mientras la migración mexicana hacia el norte se estabiliza y se vuelve circular —basada en la construcción y servicios—, el éxodo cubano es una huida existencial. No buscan trabajo, buscan aire. La dictadura, cínica hasta la médula, usa la migración como válvula de escape para deshacerse de los disidentes y, de paso, vivir de las remesas que esos mismos exiliados mandan para que sus familias no mueran de hambre. Es el negocio redondo de la miseria.
La realidad para 2026 es que Cuba se encamina a una «haitianización» acelerada: un estado fallido funcional, dependiente de la caridad de México y gobernado por una gerontocracia atrincherada. La administración Sheinbaum se enfrenta a un dilema de hierro: seguir quemando capital político y económico en un barril sin fondo, o cerrar el grifo y ver cómo la bomba migratoria le estalla en las manos en Tapachula.
Donald Trump, con la pluma en la mano y los aranceles cargados, está esperando el menor error. La soberanía energética de la que tanto hablamos hoy depende de qué tanto estemos dispuestos a sangrar por un aliado que, matemáticamente, está dejando de existir.
EL DATO : Mientras en San Lázaro se rasgan las vestiduras por la «hermandad latinoamericana», un dato mata el relato romántico: El volumen de la diáspora mexicana en EE. UU. (10.9 millones) es ya superior a la población total que queda en la isla (9.7 millones). Si los migrantes mexicanos decidieran fundar su propia «Cuba» en el desierto de Arizona, tendrían más habitantes que el país que Fidel Castro prometió convertir en potencia mundial.








