Del vudú a los amarres de la portería

Mauricio Mejía

No fueron pocos integrantes de la selección nacional que aseguraron que su derrota en la eliminatoria del premundial de 1973 fue motivada por las prácticas de vudú que proliferaban en los barrios bajos (porque Haití era todo pobre) de Puerto Príncipe. El equipo que dirigía el ingeniero Javier de la Torre perdió su pase a la fase final del Mundial de Alemania 74 al ser goleado 4-0 por Trinidad y Tobago, un equipo apenas accidental en la historia universal del balompié.

Aquel cuadro, en el que militaban Manuel Lapuente, Enrique Borja, Octavio Muciño y Horacio López Salgado, regresó al aeropuerto Internacional Benito Juárez con la firma certeza de que lo que había sucedido en la capital haitiana pertenecía al reino de lo desconocido, de lo esotérico, de lo sobrenatural. Tuvo que salir por la puerta de mergencia de la terminal aérea porque el recibimiento de la afición estuvo cargada de frustración, coraje y reclamos.

Esa fue la segunda vez que México no asistió -vía eliminación- al Mundial de la FIFA. En 1938, en Francia, la federación nacional prefirió que el equipo jugará un partido regional para no repetir el descalabro letal contra Estados Unidos previo al certamen de Italia 34.

Tal parece que el embrujo sufrido en Puerto Príncipe fue muy severo y de larga duración porque en los siguientes dos campeonatos el maleficio no solamente no se terminó; se volvió más intenso y patético. En 1978, en Argentina, el once de José Antonio Roca terminó último en la clasificación general y en 1981, con Hugo Sánchez como astro del delantero centro, perdió su pase a España 82, en Tegucigalpa.

Cuando se jugó la segunda edición del Mundial en canchas mexicanas, en 1986, casi todos los integrantes de la tragedia de Haití se habían retirado de las canchas, para fortuna de la grada. El equipo de Bora Milutinovic, no mal preparado, participó por primera y única vez en cinco partidos de una fase final: ante Bélgica, Irak, El Salvador, Bulgaria y Alemania, que lo venció en tanda de penales en Monterrey. Desde entonces, a la selección le persigue otra forma del vudú: el quinto partido. Desde Estados Unidos 94 hasta Rusia 2018, el conjunto verde solamente tomó parte en cuatro partidos por edición; en Catar, volvió a rol de tres encuentros, como en la época anterior al Mundial del 70.

Por eso este viaje al centro de uno de los mercados más tradicionales de la capital mexicana, el de Sonora, en el corazón de la vieja Tenochtitlán. Karina Witch, en el local 203 del pasillo 8, lleva una jornada larga y apurada: es 13 de febrero y los “trabajos” amorosos llenan la orden del día. El que no tiene pareja; la que quiere tenerla; los que sospechan y los que confirman que algo no anda bien con la relación amorosa se esfuerzan para que sus deseos -ganar o perder al bien amado- se vean realizados.

Aun así recibe a los viajeros para limpiar la camiseta de una selección nacional mexicana que no ha visto suerte en los últimos encuentros de preparación con rumbo a la fase final que arranca en junio. El once de Javier Aguirre parece tropezado, lento de reflejos y desanimado dentro y fuera de la cancha. Todos los mexicanos saben que la versión 2026 del equipo nacional es más pobre aún que la de hace cuatro años que no pasó de la primera ronda. Nada que ver con la de Alemania 2006 en la que se creyó -no sin razón- podría jugar hasta seis duelos del Mundial, aunque terminó apuñalada por una daga poética de Maxi Rodríguez en los tiempos extra.

Las sospechas técnicas y tácticas de los aficionados se cumplen en la lectura de cartas de Karina: el equipo está lleno de nudos que no lo dejan avanzar, ni ganar, ni gustar, ni golear. Y son asuntos internos y externos. Así que la maestra de los senderos invisibles se dispone a quitar las malas intenciones que rodean al vestuario y al ambiente de la cancha. Explica que utilizará aromas, una fotografía y humo para despejar las envidias y las insidias. “Algo está deteniendo al equipo; hay muchos intereses: no lo dejan en paz”, diagnóstica sin sorpresas. El equipo está atorado. Karina invoca, evoca; atrae, congrega y abre la ventana de los vientos. A su manera, suplica y pide que las piedras que tropiezan al once lo dejen avanzar al cuarto y luego al quinto partido. La final, ni con ayuda de los astros.

Se le recuerda que en Sudáfrica también hacen este tipo de imploraciones, más antiguas que las que se llevaron a cabo en Puerto Príncipe -desde mucho antes de que Haití, el primer país en lograr su independencia de la corona española, existiera- hace 53 años. “Vamos ayudarles con esta ayuda espiritual para recuperen la confianza en ellos, y para que logren deshacerse de las cosas que los atan para avanzar”, dice Karina, quien realiza la terapia en menos de cinco minutos. Pide que la cámara no grabe en un pasaje de la sesión en la que las percusiones y los oleajes del humo se adueñan del local: el ritual incluye oraciones, súplicas y buenas intenciones. Karina termina convencida que sus imploraciones contribuirán a que los verdes lleguen a una quinta contienda en un Mundial que parece -según el elenco del grupo en el que está inscrito- cuesta arriba y con una piedra en la espalda, como Sísifo.

Aunque en la cancha siempre suceden azares, aunque lo inesperado es lo probable, esta mañana de febrero, en medio del solsticio de verano, bajo en régimen de Acuario y con contingencia ambiental, Karina a puesto de su parte para que el equipo de la derrota, el cuadro del casi, no se amilane -como dicen los locatarios del mercado de Sonora- a la hora de que la pelota comience a correr en el primer certamen de las tres cabezas: Estados Unidos, Canadá y México.

La estampa recuerda aquellas tiras de Roberto Fontanarrosa en las que la magia hacia posible que una potería se mantuviera invicta en un duelo entre Flamengo y Fluminense. Nada hay más esotérico, eso sí, que ese once que llaman selección mexicana de futbol. Que el muérdago juegue su partido bajo el signo de las estrellas.

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