El 14 de febrero suele despertar impulsos románticos que a veces terminan en decisiones de 15 años. Entre el furor de las flores y las cenas, a muchas parejas se les ocurre que «un perrito sería el sello perfecto para nuestro amor». Sin embargo, en este 2026 la mentalidad ha cambiado drásticamente: ya no vemos a los animales como objetos que se envuelven con un moño, sino como nuevos integrantes de la familia. Adoptar un «perrhijo» es, sin duda, el compromiso más real y tangible que una pareja puede asumir, incluso más que un anillo o un contrato de renta.
A diferencia de un regalo material, un perro requiere una logística que pondrá a prueba la solidez de su relación. Antes de dar el paso, es fundamental entender que un animal no es una herramienta para «arreglar» una crisis de pareja ni un accesorio de moda para las fotos de Instagram. El compromiso definitivo implica aceptar que habrá pelos en el sillón de diseño, gastos veterinarios inesperados y que las escapadas de fin de semana ahora requieren una planeación que incluya al nuevo integrante. Adoptar es un acto de amor consciente que dice mucho sobre la capacidad de ambos para cuidar de otro ser vivo de manera desinteresada.
¿Cómo saber si realmente están listos para este paso? La primera señal de madurez es la estabilidad. Si todavía discuten por quién lavó los trastes ayer, imaginen la tensión cuando alguien tenga que recoger los desechos a las seis de la mañana bajo la lluvia. Una pareja lista para un «perrhijo» ha hablado honestamente sobre el presupuesto mensual (comida de calidad, vacunas y seguro médico) y ha llegado a un acuerdo sobre la educación del can. No se trata solo de quién lo quiere más, sino de quién está dispuesto a sacrificar horas de sueño y espacio personal por el bienestar del animal.
Además, en el contexto mexicano, la adopción es la única vía ética frente a la crisis de abandono que viven nuestras ciudades. Elegir un perro de un refugio en lugar de comprar uno de raza es una declaración de principios: valoran la vida por encima de la estética. Un perro adoptado suele ser infinitamente agradecido, pero también puede traer miedos o traumas que requerirán paciencia absoluta. Si como pareja son capaces de acompañar ese proceso de adaptación con calma y cariño, entonces están listos para el siguiente nivel de su relación.
Antes de visitar un albergue este San Valentín, siéntense a tener la charla honesta: ¿dónde estará el perro si nos mudamos?, ¿quién se queda con él si algún día decidimos separarnos?, ¿tenemos el tiempo real para pasearlo tres veces al día? Si las respuestas fluyen con responsabilidad y sin idealismos, entonces adelante. Un «perrhijo» no es un regalo de un día, es el inicio de una etapa donde el amor se mide en lengüetazos, paseos por el parque y una lealtad que no conoce de calendarios.






