Argentina 78: fueron los hombres de gris…

Mauricio Mejía

“El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente. Hubo un altísimo grado de comprensión y de respeto mutuo. Se habló de la transformación de la Argentina, partiendo de la renovación de su cultura”.

El impresionado no fue otro que Ernesto Sábato, uno de los grandes escritores argentinos del siglo XX, autor, entre otras, de una novela perturbadora, El Túnel (y de la monumental Sobre Héroes y Tumbas). En mayo de 1975, Sábato asistió, con Leonardo Castellani y Jorge Luis Borges a una cena con el presidente de la Junta de Gobierno Militar quien menos de un año después se convertiría en la voz cantante de una de las peores dictaduras latinoamericanas, la argentina. A Jorge Rafael Videla se le conocía entonces como la Pantera Rosa, por su facha delgada y su elevada estatura, además de su peculiar modo de andar. Las declaraciones de Sábato, apenas después de la cena, fueron todo menos un desliz, y tampoco fue único que cayó seducido por un hombre que todavía hoy no ha comparecido satisfactoriamente ante los tribunales de justicia por el delito de lesa humanidad (como el robo de recién nacidos de vientres de presas políticas en los campos de concentración de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, por citar al más famoso).

También cerraron los ojos y abrieron el corazón los miembros de la cúpula del Partido Comunista argentino, para quienes el teniente general Videla “era el portaestandarte del curso democrático y progresista que anhelaba la inmensa mayoría del pueblo”.

Llegó la hora -más tarde que pronto- en la que Videla y otros miembros de la Junta Militar, que asaltó el poder el 24 de marzo de 1976, fueron juzgados por descomponer las existencias de más de 30 mil (otros dicen que 70 mil) argentinos, secuestrados, torturados, desaparecidos; mutilados física, moral o espiritualmente.

Juan José Sebreli, en el extraordinario libro, La Era del Futbol (que fue publicado originalmente con el nombre de Futbol y Masas) recuerda las palabras de Sábato con respecto a la fiesta de la dictadura a la que los aficionados al futbol llamaron Copa del Mundo de 1978:

“Sábato, ansioso por estar en todas partes en primera final, aceptó entregarle la medalla de oro a Menotti –uno de los hombres de otro cabecilla, el vicealmirante Carlos Alberto Lacoste- en una fiesta del hotel Sheraton transmitida al país por radio y televisión”.

“El futbol –dijo Sábato- marca grandes virtudes humanas, es una emoción entregarle este presente a Menotti. Yo fui uno de los argentinos que gozaron, sufrieron y se alegraron con los partidos del Mundial. Yo quise aceptar esta invitación porque las penas de mi pueblo sin mis penas. Y también sus alegrías”.

Menotti, con esa prosa hablada que le caracteriza, respondió: “El Mundial sirvió para saber quiénes éramos”. Luego diría “derrotamos a la derrota”.

En la fiesta por la victoria del pueblo no asistieron, desde luego, las miles de víctimas de Videla, que fueron sometidas a largas sesiones de tortura indescriptible a unas cuadras de la cancha de River Plate, mientras Mario Kempes anotaba los goles del triunfo sobre Holanda de un Mundial al que estrellas como Johan Cruyff renunciaron a participar por los ya sospechados abusos contra los derechos humanos. Bajo la cancha habitaba la mandrágora.

El túnel bajo las porterías

Al sur de tu impiedad

a orillas de un río a veces bello,

callaste las luces poderosas

que hicieron más profundas las sombras de la muerte.

Dejaste entrar cañones a tus áreas

y jamás intentaste ni un rechazo.

Los versos de Carlos Ferreira se volvieron eternos como el macabro hilo de los hechos que sucedieron antes y después de la fase final. El golpe de Videla en contra del régimen de María Estela Martínez de Perón (viuda de Juan Domingo Perón, muerto el 1 de julio de 1974), organizado desde 1975 con la Operación Independencia, se produjo el mismo día que la albiceleste jugaba un partido de preparación ante Polonia en Chorzow. La plantilla ha recordado versiones variadas sobre el impacto que le produjo la noticia del arribo de los “milicos”. En las declaraciones posteriores, ya en democracia, todos coinciden en una cosa: la inmediata preocupación por sus familiares. Alguno de ellos, como Rubén Américo Gallego, debutado por Newells Old Boys en el 74, tenía conocimiento que gente cercana a él pertenecía a grupos de izquierda, que fueron brutalmente perseguidos por los militares.

Página12, uno de los diarios más importantes de Buenos Aires, entrevistó años después a los jugadores de aquel equipo de Menotti. “El recuerdo más fuerte que tengo de la gira del ’76 es la tristeza que teníamos todos los jugadores por lo que estaba sucediendo en el país”, confesó al periódico René Houseman, autor de uno de los goles de aquel encuentro en el que la albiceleste venció 2-1 a los polacos. La Selección se convirtió en un tema de gabinete para la Junta Militar. Con la ayuda de Joao Havelange, el brasileño y nuevo presidente de la FIFA, Argentina había obtenido la sede del mundial del 78, pese a no tener señal a colores de televisión, pese a su crisis financiera y, sobre todo, pese a la débil situación política, agravada con el debilitamiento de la salud de Perón.

Como sucedió en las eliminatorias de Alemania 74 en Santiago de Chile (la Unión Soviética se negó a jugar la última eliminatoria en suelo chileno y dejó libre el pase para La Roja, después del golpe de Pinochet a la presidencia de Salvador Allende), las torturas en Buenos Aires se llevaron a cabo cerca, muy cerca de los estadios de futbol. La pelota bailaba entre los muertos. Abajo del césped se cometieron los más terribles tormentos contra la disidencia política. En los estadios de River y de Rosario, la tribuna se olvidaba, se anestesiaba, de la dura realidad.

Como el 34 y en el 38, el equipo nacional era la cara de un régimen totalitario. Y debía ganar a fuerza. El costo era lo de menos. Había que legitimar el uso de la fuerza. Y el futbol era la mejor manera de hacerlo en un país en el que el balompié es una religión; una protesta contra esa necesidad. Jorge Carrascosa, de Huracán, fue era el jefe en la cancha. Menotti le atribuyó, incluso, el gafete de capitán. Fue el único de los muchachos que se negó a competir en Mundial. «Uno siempre estaba pendiente de que a la familia no le pasara nada. El único contacto que yo tenía era telefónico, pero el deseo de todos era regresar lo más rápido posible para estar con los suyos… Al peronismo le quedaba poco tiempo para terminar su gobierno, pero igualmente uno percibía que se venía gestando algo así…», contó, años después, a Página12.

Carrascosa, desencantado del tratamiento político de la pelota, también previó lo que hoy ha sido ventilado: el uso de sustancias ilegales en aquel cuadro campeón. El dopaje fue una herramienta a la mano para conseguir el título tan deseado por los militares. Vuelven los versos de Ferreira:

Aquello fue mundial.

Hicimos pelota nuestros miedos,

le pusimos un caño a los horrores,

apartamos de taquito la miseria,

gritamos el horror como si fuera un gol,

eludimos la angustia,

gambeteamos el nudo

que nos poblaba el vientre.

Las sospechas se fueron acumulando. Primero el penal descaradamente regalado ante Francia. Luego el sobre rendimiento de varios de los jugadores en los partidos ante Italia y Polonia. El 21 de junio, en la cancha de Rosario, Argentina saltó al césped con la obligación de ganar por cuatro a Perú. Parecía imposible la faena. La albiceleste se impuso con un extraño 6-0. Dice Julián García Cadau, en Épica y lirica del futbol que “el general Videla, con su gobierno militar, hizo lo posible para que Argentina ganara el campeonato mundial y lo consiguió. Los goles de Kempes (dos en la final ante Holanda) fueron utilizados para que el pueblo olvidara, al menos durante unos días, a los miles de desaparecidos”.

En 1983, después de la eliminación del cuadro de Menotti en el mundial español del 82 y de una absurda guerra contra Inglaterra por las Islas Malvinas, Argentina volvió a la chancha de la democracia. Los versos de Ferreira sobre su mundial terminan de esta manera:

Cuando bailamos en aquellos días,

que dulce fue el mareo del engaño,

cuántas ganas de ignorarlo todo,

de creer que había vuelto

el perfume de las buenas cosas.

Lo malo fue el final,

indigno y torpe:

aquellos cadáveres volviendo

al lecho de los ríos,

a las comunes fosas

meneando las cabezas,

canturreando una canción de olvido.

Y nosotros allí, con esos bombos,

con esas insensatas banderas sudorosas,

con el mundo al revés,

hechos pelota.

Entre el Monumental y la democracia

Poco después de su arribo a la presidencia de la República Argentina (sucedido el 10 de diciembre de 1983), Raúl Alfonsín promulgó el decreto, 158 que ordenaba iniciar enjuiciamientos sobre los integrantes de la Junta Militar: Videla, Viola, Galtieri, Massera, Labruschini, Anaya y Agosti, una entera cartelera del museo del horror. Otro decreto, el 187, dispuso la creación de la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas, que estuvo integrada por personalidades honorables. El presidente fue Ernesto Sábato. La Comisión logró integrar un documento de casi sesenta mil páginas y decidió llamarlo “Nunca Mas”, aunque los argentinos lo conocen como El Informe Sábato (con el tapiz de fondo de una parte de la novela Sobre Héroes y Tumbas, que fue editada por separado: Informe sobre ciegos).

Aquella Comisión registró la existencia de 8 mil 960 casos de desaparecidos durante los años de Junta Militar. La cifra era la mitad de la que estimó Amnistía Internacional, y menos de la tercera parte de la que sospechan organizaciones no gubernamentales a favor de los derechos humanos en Argentina (30 mil).

El 10 de diciembre de 1985 la Cámara Nacional de Apelaciones dio a conocer su falló: por unanimidad, los jueces encontraron culpables y sentenciaron a cadena perpetua a Jorge Rafel Videla y Emilio Eduardo Massera; a Orlando Ramón Agoisti, con cuatro años de prisión; 17 a Roberto Viola; ocho a Armando Lambruschini, además de que absolvieron de toda responsabilidad a Rubens Graffigna, Leopoldo Fortunato Galtieri, Jorge Anaya y Basilio Lami Dozo.

En el comienzo de 1987, el gobierno argentino intentó, por primera vez, descargarse del peso de la historia y propuso un proyecto de Ley sobre Punto Final, en la que se extinguió “la acción penal contra toda persona que hubiera cometido delitos vinculados a la instauración de formas violentas de acción política antes de diciembre de 1983”.

Esa ley estableció que la acción penal no se agotaba en caso de delitos de sustitución de estado civil y de sustracción y ocultación de menores.

Todavía, el 4 de junio de ese año, se aprobó la Ley de Obediencia Debida en la que (después de una mala lectura de los Juicios de Nuremberg) se eliminaba la responsabilidad de los puestos medios de la armada y del ejército sobre los delitos cometidos en aquellos, por “actuar bajo subordinación de una autoridad superior y en cumplimiento de sus órdenes, sin facultad para la oposición o resistencia”.

El fundador y director del diario argentino Página 12, Jorge Lanata, decidió publicar, el 8 de octubre de 1989, la portada del diario en blanco, como una protesta simbólica contra el indulto que preparaba el nuevo presidente Carlos Saúl Menem (aficionado al River Plate) a favor de los hombres de la dictadura. El indulto que se ha venido para abajo en esta primavera. Mediante el decreto 2741, Videla, Massera, Agosti, Viola y Labuschini recibieron esa especie de perdón con la intención del gobierno de “crear condiciones y escenarios para la reconciliación, el mutuo perdón y la unión nacional, con humildad, y reconociendo los errores propios y los aciertos del adversario”.

La vuelta de tuerca comenzó a darse hasta el 2001. El juez Gabriel Cavallo (la coincidencia de apellido es mera realidad) declaró la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final en el proceso en el que dos edecanes de la Junta Militar, Julio “Turco” Simón y Juan Antonio “Colores” Del Cerro fueron acusados de la desaparición de los padres de Claudia Pobrete y de la apropiación de la menor, ella, que fue criada por una familia de militares.

“No soy patriotero, pero debo confesar que el Mundial me emocionó. En medio de tantas tristezas, cuando la vida es cada vez más dura, me conmueve la pasión que hay en nuestro pueblo…”

Ernesto Sábato en el diario La Razón, 13 de junio de 1978.

Related Posts

Momentos cuestionables

LUNES 16 DE FEBRERO 2026 #VisiónMX: Momentos cuestionables Por: Fernando Moctezuma Ojeda – @FerMoctezumaO   El anuncio de Morena sobre una reforma integral al Sistema Nacional Anticorrupción vuelve a colocar…

La herejía en la SEP

En el poder, las salidas nunca son administrativas: son políticas. Y cuando no son silenciosas, son advertencias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You Missed

Kenia López Rabadán exige prioridad real a violencia de género

  • Por admin
  • febrero 16, 2026
  • 9 views
Kenia López Rabadán exige prioridad real a violencia de género

Momentos cuestionables

  • Por admin
  • febrero 16, 2026
  • 9 views
Momentos cuestionables

Del vudú a los amarres de la portería

  • Por admin
  • febrero 16, 2026
  • 14 views
Del vudú a los amarres de la portería

La herejía en la SEP

  • Por admin
  • febrero 16, 2026
  • 14 views
La herejía en la SEP

La herejía en la SEP

  • Por admin
  • febrero 16, 2026
  • 13 views
La herejía en la SEP

Terremotos políticos…

  • Por admin
  • febrero 16, 2026
  • 10 views
Terremotos políticos…