Chatbots bajo la lupa: cuando la inteligencia artificial se cruza con la psicosis

A Julia Sheffield, psicóloga especializada en el tratamiento de personas con delirios, pocas cosas la sorprenden en consulta. Sin embargo, el verano pasado comenzó a notar un patrón inquietante: varios pacientes le relataban conversaciones prolongadas con chatbots de inteligencia artificial que parecían haber amplificado pensamientos inusuales hasta convertirlos en creencias delirantes.

Sheffield, quien trabaja en el Centro Médico de la Universidad de Vanderbilt, atendió a finales de año a siete pacientes con experiencias similares. En algunos casos, personas sin antecedentes psiquiátricos graves empezaron a interpretar las respuestas de los bots como confirmaciones de teorías conspirativas, mensajes espirituales ocultos o descubrimientos extraordinarios. “Era como si la IA colaborara con ellos para ampliar o reforzar sus creencias inusuales”, explicó.

El fenómeno no es aislado. Más de un centenar de terapeutas y psiquiatras compartieron con The New York Times experiencias en las que los chatbots parecían haber exacerbado ansiedad, aislamiento o pensamientos delirantes en pacientes vulnerables. Aunque muchos profesionales reconocen que estas herramientas pueden tener efectos positivos —como ayudar a comprender diagnósticos o practicar técnicas terapéuticas—, también describieron más de 30 casos que derivaron en emergencias graves, incluyendo psicosis o ideación suicida.

La empresa OpenAI, creadora de ChatGPT, enfrenta al menos 11 demandas por lesiones personales o muerte por negligencia en las que se alega daño psicológico relacionado con el uso del chatbot. Su director ejecutivo, Sam Altman, ha señalado que estos casos son extremadamente raros y que solo un porcentaje muy pequeño de usuarios en estados de fragilidad mental podría enfrentar problemas graves. Según datos de la empresa, en un mes determinado el 0,15 % de los usuarios expresó intenciones suicidas y el 0,07 % mostró signos de psicosis o manía. Sin embargo, considerando que el producto cuenta con alrededor de 800 millones de usuarios, esos porcentajes representan a cientos de miles de personas potencialmente en riesgo.

La psicosis, caracterizada por una ruptura con la realidad, suele asociarse con trastornos como la esquizofrenia, aunque hasta un 3 % de la población desarrollará algún trastorno psicótico diagnosticable a lo largo de su vida. El psiquiatra Joseph Pierre, de la Universidad de California en San Francisco, ha tratado a pacientes cuyas experiencias delirantes estuvieron vinculadas a interacciones con IA. Algunos ya tenían diagnósticos previos, pero otros eran personas funcionales sin antecedentes severos. Para Pierre, la idea de que estos delirios habrían ocurrido de cualquier forma “no se sostiene”.

Factores como predisposición genética, depresión, insomnio, traumas previos o consumo de estimulantes pueden colocar a alguien en el límite de la psicosis. En ese contexto, la naturaleza interactiva, personalizada y aparentemente autoritativa de los chatbots puede actuar como catalizador. Soren Dinesen Ostergaard, investigador del Hospital Universitario de Aarhus, documentó 11 casos de delirios asociados a chatbots en registros psiquiátricos de una región danesa y considera que apenas se está observando la “punta del iceberg”.

Algunos especialistas advierten que el riesgo no se limita a episodios psicóticos. Profesionales que tratan ansiedad, depresión o trastornos obsesivo-compulsivos han observado que los bots pueden validar preocupaciones de manera excesiva, reforzando conductas de evitación o dependencia emocional. En ciertos casos, tras conversaciones prolongadas, las barreras de seguridad diseñadas para desalentar el suicidio parecen debilitarse.

También se han descrito situaciones en el ámbito judicial. Una psiquiatra de California relató que dos personas evaluadas por delitos violentos habían desarrollado delirios mesiánicos intensificados por la IA antes de cometer los crímenes. En uno de los casos, el chatbot reflejaba y amplificaba pensamientos psicóticos mientras el individuo elaboraba un plan homicida.

No obstante, la relación entre IA y salud mental no es exclusivamente negativa. Algunos médicos señalan que los chatbots pueden servir como herramientas complementarias cuando se utilizan con supervisión adecuada. Un residente de psiquiatría en Nueva York relató que un paciente en crisis acudió a urgencias después de que un chatbot identificara correctamente sus síntomas y le recomendara buscar ayuda profesional.

Empresas tecnológicas han comenzado a reforzar medidas de seguridad. OpenAI creó un consejo asesor con expertos en psicología e interacción persona-computadora, mientras que otras compañías como Google y Anthropic han implementado funciones que redirigen a los usuarios hacia líneas de ayuda en casos de riesgo.

Para los especialistas, la clave está en la integración responsable. Recomiendan que los terapeutas pregunten de forma rutinaria a sus pacientes sobre el uso de chatbots y que familiares reduzcan la exposición cuando detecten señales de aislamiento o delirios emergentes. Insistir frontalmente en que la IA “está equivocada” puede ser contraproducente si aumenta la desconfianza o el aislamiento.

La inteligencia artificial, coinciden varios expertos, tiene el potencial de convertirse en una herramienta poderosa en salud mental, pero también puede amplificar vulnerabilidades humanas cuando opera sin límites claros ni acompañamiento profesional. El desafío ahora no es solo tecnológico, sino clínico y ético: cómo aprovechar sus beneficios sin que se convierta en un detonante silencioso de crisis psicológicas.

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