Por Juan Pablo Ojeda
La austeridad republicana salió de Quintana Roo en vuelo comercial y llegó a Nueva York en aeronave militar. No fue una traición ideológica, explicó el clima, sino una conexión perdida con la historia.
La presidenta Claudia Sheinbaum viajó a la final del Mundial después de que las condiciones meteorológicas provocaran la cancelación del vuelo comercial previsto. La alternativa fue una aeronave de la Secretaría de la Defensa Nacional. En el estadio compartió la ceremonia con Donald Trump, el primer ministro canadiense Mark Carney y Gianni Infantino, presidente de la FIFA. España derrotó a Argentina y Rodri levantó la copa entre mandatarios, cámaras y abucheos dirigidos al anfitrión estadounidense.
Hasta allí, los hechos. Después comenzó el campeonato nacional de interpretación libre.
Para el oficialismo, la escena confirmó que México estaba “en lo más alto”. Para la oposición, demostró que la izquierda mexicana había descubierto finalmente las bondades del palco, el avión militar y la fotografía con multimillonarios. Para los aficionados, fue la única oportunidad de ver a una representante mexicana cerca de la copa sin necesidad de recurrir a un videojuego.
Las redes hicieron lo suyo: tomaron una contingencia meteorológica, la vistieron con uniforme de gala y la convirtieron en juicio histórico sobre el destino de la República.
En México no hay traslado presidencial inocente. Un vuelo comercial es humildad; uno militar, monarquía. Una ausencia es desprecio diplomático; una asistencia, frivolidad. Una fotografía con Trump puede ser responsabilidad de Estado durante la mañana y rendición moral después de comer. La patria cambia de diagnóstico según quién publique primero el meme.
La presidenta asistió a la final por invitación de Trump, en representación de uno de los tres países organizadores. La explicación diplomática existe: México, Estados Unidos y Canadá compartieron la sede y mantienen una relación demasiado compleja para resolverse únicamente con comunicados mal traducidos.
Pero también existe la imagen, que en política suele derrotar a cualquier explicación.
Ahí estaba una mandataria identificada con la sobriedad republicana, dentro del espectáculo deportivo más comercial del planeta, rodeada por la aristocracia mundial del poder, mientras el presidente estadounidense recibía una rechifla tan democrática que no necesitó conteo rápido. Trump permaneció cerca de los jugadores durante la premiación; España levantó la copa y el palco internacional produjo la extraña impresión de que el futbol había ganado un partido y la geopolítica una sesión fotográfica.
No era exactamente “el verano en que la presidenta se volvió fifas”. Era algo más mexicano: el verano en que todos descubrimos que la congruencia depende del ángulo de la cámara.
El problema no es que una presidenta viaje a un encuentro internacional. Los jefes de Estado hacen diplomacia en cumbres, funerales, cenas, pasillos y, cuando la FIFA lo ordena, junto a un balón. Tampoco sería razonable pedirle que cruzara la frontera en autobús para preservar la pureza doctrinaria.
El problema es haber convertido durante años la forma de viajar, vestir, comer y aparecer en público en certificado de superioridad moral.
Cuando la austeridad deja de ser una política presupuestaria y se vuelve vestuario ideológico, cualquier palco parece Versalles. Cuando el gobierno presume cada asiento de clase turista como prueba de amor al pueblo, un avión militar —aunque tenga explicación— se convierte en una carroza enemiga. La propaganda suele cobrar intereses más altos que cualquier deuda pública.
La oposición, por su parte, tampoco desperdició la oportunidad de exagerar. Pasó de cuestionar el costo y la pertinencia del viaje a describirlo como si un batallón completo hubiera sido movilizado para tomarse una selfi con Infantino. En la democracia mexicana, la mesura permanece en la banca porque no genera tendencias.
Los simpatizantes vieron liderazgo mundial. Los adversarios, decadencia imperial. Los trolls encontraron material para tres días. Y la mayoría observó algo más sencillo: una presidenta entregando medallas mientras la Selección Mexicana volvía a mirar la final desde la misma posición histórica que el resto del país: lejos de la cancha y cerca del televisor.
El verdadero Balón de Oro no fue para Sheinbaum, Trump ni Carney. Lo ganó la fotografía política, esa disciplina donde nadie necesita jugar bien, basta con aparecer cerca del trofeo.
España regresará a casa con la copa. México regresará con una nueva controversia nacional y una colección de memes. Y el avión de la Defensa volverá a su hangar después de demostrar que, en este país, hasta las nubes pueden ser acusadas de traicionar la austeridad.
Porque la política mexicana ya no distingue entre gobernar y posar: sólo pregunta quién salió mejor en la foto.
