La verdad sobre el “nervio” y la presión alta: separando creencia popular de evidencia médica

“Me subió la presión por el nervio”. La frase es común en México y en muchos países de América Latina. Se dice después de un coraje, una discusión familiar o un susto fuerte. Pero, ¿qué tan cierta es la idea de que el “nervio” causa presión alta? Para entenderlo, hay que separar el lenguaje cotidiano de lo que realmente ocurre en el cuerpo.

En la cultura popular, el “nervio” no es un diagnóstico médico. Es una forma de nombrar un conjunto de sensaciones: ansiedad, estrés, enojo, angustia, palpitaciones, sudoración o temblor. Desde ese punto de vista, la creencia no es del todo infundada. Las emociones intensas sí producen cambios físicos reales, pero eso no es lo mismo que tener hipertensión arterial.

Cuando una persona se estresa o se enoja, el cuerpo activa el sistema nervioso simpático, el mismo que responde ante el peligro. Se liberan hormonas como la adrenalina y el cortisol, el corazón late más rápido y los vasos sanguíneos se contraen. Esto provoca un aumento temporal de la presión arterial. Es una respuesta normal y, en la mayoría de los casos, pasajera. Cuando la emoción baja, la presión también debería hacerlo.

La hipertensión arterial, en cambio, es otra cosa. Se trata de una elevación persistente de la presión en las arterias, que se mantiene incluso cuando la persona está en reposo y tranquila. No se diagnostica por cómo te sientes, sino por mediciones repetidas con un baumanómetro. Muchas personas con presión alta no sienten absolutamente nada, lo que la convierte en un problema silencioso y peligroso.

Aquí es donde la confusión se vuelve riesgosa. Al atribuir la presión alta únicamente al “nervio”, algunas personas normalizan cifras elevadas pensando que se les pasarán cuando se tranquilicen. Otras creen que mientras no estén estresadas, no tienen problema. La evidencia médica muestra que el estrés emocional por sí solo no causa hipertensión crónica, pero sí puede contribuir a que se manifieste en personas con predisposición genética, malos hábitos o enfermedades previas.

Además, el estrés constante —no el coraje ocasional— puede influir de manera indirecta. Dormir mal, comer en exceso, abusar de la sal, el alcohol o el tabaco, y no hacer actividad física son conductas que suelen acompañar a una vida estresada y que sí están claramente asociadas con la presión alta. En ese sentido, el “nervio” no es la causa directa, pero sí puede ser parte del contexto.

También ocurre el fenómeno inverso: la presión alta puede generar síntomas que se interpretan como nerviosismo. Dolor de cabeza, mareo, palpitaciones o sensación de opresión pueden hacer que la persona se sienta ansiosa, reforzando la idea de que todo es emocional. Sin una medición objetiva, es fácil confundir causa y efecto.

Separar la creencia popular de la evidencia no significa ignorar las emociones. Al contrario. El manejo del estrés, la ansiedad y el enojo es importante para la salud cardiovascular, pero no sustituye el control médico. Relajarse puede ayudar a que una subida momentánea de presión baje, pero no “cura” la hipertensión.

La clave está en no adivinar. Si una persona siente que “el nervio le sube la presión”, lo responsable es medirla, no asumir. Conocer las cifras reales permite distinguir entre una reacción emocional normal y un problema que requiere seguimiento. Porque aunque el lenguaje popular tenga algo de razón en lo inmediato, la ciencia es clara en lo importante: la presión alta no siempre se siente, pero siempre se cuida.

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