T-MEC: La partida de póker y el costo de la soberanía.

Dr. Santiago Villalobos

Al caer la noche en este lunes de febrero, el ambiente en los pasillos de Palacio Nacional se siente más denso que el tráfico en Viaducto en quincena. La visita «sorpresa» de la delegación comercial de Estados Unidos, encabezada por enviados directos de la Casa Blanca, no fue para tomar café ni admirar los murales de Diego Rivera. Lo que vimos hoy fue el primer round real de la revisión del T-MEC, y los números no mienten: el peso cerró con una depreciación de treinta centavos, tocando los 20.85 por dólar, una reacción nerviosa ante los rumores de que las mesas de controversia sobre energía y maíz transgénico han subido de tono más rápido de lo que Hacienda hubiera deseado.

El comunicado oficial, como era de esperarse, habla de «diálogo constructivo» y «hermandad norteamericana», pero los cables que llegan a mi escritorio cuentan una historia distinta. La insistencia estadounidense ya no es solo sobre aranceles o reglas de origen; hoy pusieron sobre la mesa el tema de la certeza jurídica tras la implementación completa de la reforma al Poder Judicial. Los inversionistas extranjeros, esos que no tienen partido pero sí memoria, han congelado tres proyectos de infraestructura en el Bajío esta misma mañana, esperando ver si el árbitro legal en México seguirá usando silbato o si las reglas cambiarán a mitad del partido.

Pero si rascamos la pintura de la retórica oficial, lo que encontramos es un juego de ajedrez tridimensional donde la administración de la presidenta Sheinbaum intenta algo sumamente complejo: mantener la narrativa de soberanía intacta para su base electoral, mientras busca desesperadamente no romper la vajilla con nuestro vecino del norte. En la política mexicana, que no es de velocidad sino de resistencia, el gobierno está apostando a que Estados Unidos necesita nuestra mano de obra y nuestra frontera segura más de lo que les importa quién elige a los jueces. Es una apuesta arriesgada, digna de un jugador que tiene un par de doses pero blofea como si tuviera una flor imperial.

Tras bambalinas, se percibe una fractura interesante en el gabinete. Por un lado, el ala técnica y económica, sudando frío, intenta explicar con peras y manzanas que sin el grado de inversión, los programas sociales del 2027 están en peligro. Por el otro, el ala política radical ve en la confrontación una oportunidad de oro para cerrar filas. Es la clásica tensión de la «vecindad política»: unos quieren arreglar la fachada para que suba la plusvalía, y otros prefieren pelearse con el administrador para ganar el aplauso de los inquilinos. Hoy, parece que los radicales tuvieron el micrófono, pero los técnicos tendrán que pagar la cuenta mañana.

Hay que decirlo con la claridad de un chilango que ha visto caer y levantarse imperios sexenales: el poder no admite vacíos. La insistencia del gobierno en centralizar las decisiones regulatorias está chocando con la realidad de un mercado global que no perdona la ambigüedad. La reforma a los organismos autónomos, que hoy volvió a ser tema en la matutina, ya no es un asunto doméstico; se ha convertido en la ficha de cambio en Washington. Nos están cobrando la factura de la concentración de poder, y el precio viene etiquetado en dólares.

Ampliando el lente hacia el tablero geopolítico, no podemos ignorar al elefante en la habitación: China. La presión norteamericana de hoy tiene un subtexto claro: «o están con nosotros, o están con ellos». Las nuevas restricciones a las importaciones de componentes asiáticos ensamblados en México, anunciadas implícitamente en la reunión de hoy, colocan a nuestro país en una encrucijada. Ya no podemos jugar a ser el amigo de todos. La triangulación comercial se acabó, y México debe decidir si su lealtad económica está en el norte o si seguirá coqueteando con el dragón oriental, arriesgando el acceso al mercado más grande del mundo.

El impacto en el bolsillo del ciudadano de a pie no será inmediato, pero será ineludible. Si la volatilidad cambiaria de hoy se convierte en tendencia, prepárense para ver un ajuste en los precios de la canasta básica y los electrónicos hacia marzo. La economía real no entiende de discursos patrióticos; entiende de costos de importación. La estabilidad macroeconómica, ese tesoro que tanto costó construir, está siendo puesta a prueba por una estrategia política que prioriza el control sobre la confianza.

Para mañana, martes, pronostico una operación cicatriz agresiva. Esperen ver al Secretario de Hacienda en todos los noticieros matutinos asegurando que «no pasa nada» y que la relación es sólida como el acero. Sin embargo, en el Congreso, la bancada oficialista probablemente reciba la orden de meter el acelerador a fondo con las leyes secundarias pendientes, en un intento de presentar hechos consumados antes de la próxima reunión bilateral.

Como dicen en las viejas cantinas del Centro Histórico: «el que paga manda, y el que debe, aguanta». Hoy México amaneció debiendo explicaciones y anochece aguantando presiones. La soberanía es un concepto hermoso y necesario, pero en el siglo XXI, también es un lujo que se financia con confianza internacional. Si rompemos el espejo, no podremos quejarnos de la mala suerte que nos traiga los próximos siete años. Nos leemos mañana, si el mercado nos lo permite.

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