Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una fecha que busca generar conciencia y promover acciones para prevenir estas muertes. En México, durante 2024 se registraron 8,856 suicidios, de acuerdo con el INEGI, con una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes.
Pero detrás de cada muerte hay personas que permanecen y enfrentan un proceso de duelo que puede tener características particulares. Son familiares, parejas, amistades y personas cercanas que deben afrontar no solamente la ausencia, sino también preguntas para las que quizá nunca tendrán una respuesta definitiva.
Para conocer mejor este proceso, hablamos con Gaby Pérez Islas, maestra en Tanatología por el Instituto Mexicano de Tanatología, en conjunto con la Facultad de Medicina de la UNAM, quien explicó algunos de los retos que enfrentan quienes atraviesan una pérdida de este tipo.
El peso de la culpa y los “hubiera”
Una de las características que puede hacer más complejo el duelo por suicidio es la aparición constante de preguntas relacionadas con lo que pudo haberse hecho de otra manera.
“Es sumamente complejo porque existe una culpa de no haber podido ayudar a la persona”, explicó Pérez Islas.
La especialista considera que una de las principales dificultades consiste en enfrentar pensamientos como “hubiera” o “debí haberlo hecho”, pues pueden llevar a familiares y personas cercanas a responsabilizarse por una situación que no necesariamente estaba bajo su control.
En este contexto, Pérez Islas plantea que es importante entender que las personas que rodean a quien muere no cuentan con toda la información sobre lo que estaba viviendo.
“Nadie puede tomar decisiones el domingo con el periódico del lunes en la mano”, señaló.
Para la tanatóloga, esta perspectiva permite mirar lo ocurrido desde la información que existía en ese momento y no desde el conocimiento que se tiene después de la pérdida.
Septiembre también puede activar el duelo
Las fechas relacionadas con una pérdida pueden convertirse en momentos particularmente difíciles para quienes atraviesan un duelo. La tanatología identifica estos momentos como crisis de aniversario.
El 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, puede convertirse en uno de esos detonadores para las familias que han perdido a un ser querido.
La jornada fue establecida en 2003 por la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP) en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS). Su objetivo es llamar la atención sobre el problema, reducir el estigma y recordar que el suicidio puede prevenirse.
Pérez Islas considera que estas fechas también pueden servir para resignificar una experiencia dolorosa.
La idea, explica, no consiste en preguntarse constantemente qué pudo haberse hecho diferente, sino en utilizar el aprendizaje obtenido para generar mayor comprensión y apoyo hacia otras personas.
¿Cuándo buscar ayuda profesional?
Después de una pérdida por suicidio pueden aparecer interrogantes, enojo, tristeza y confusión. La especialista recomienda buscar acompañamiento profesional de manera temprana.
“El mejor momento, como en toda medicina, es la intervención temprana”, explicó.
Una de las razones es que, con el paso del tiempo, las personas pueden construir explicaciones sobre lo ocurrido y arraigar sentimientos de culpa alrededor de esas interpretaciones.
Además, una muerte por suicidio puede generar una necesidad particular de comprender qué ocurrió y reconstruir la historia de la persona fallecida.
Pérez Islas señala que incluso cuando existen explicaciones previas, pueden permanecer preguntas sin respuesta.
Por ello, el acompañamiento tanatológico puede ayudar a trabajar el duelo y a procesar emociones que pueden resultar difíciles de manejar de manera individual.
El estigma también forma parte del duelo
Otro de los obstáculos para quienes atraviesan una pérdida por suicidio es el juicio social.
El temor a que otras personas responsabilicen a la familia, cuestionen sus circunstancias o intenten encontrar culpables puede provocar que el duelo se viva en silencio.
“Es como un duelo silente que no puedo compartir porque me van a juzgar”, explicó Pérez Islas.
Frente a esta situación, la especialista plantea la necesidad de cambiar el juicio por acompañamiento.
Su propuesta es que quienes rodean al doliente se conviertan en acompañantes y no jueces.
Escuchar en lugar de buscar respuestas
Acompañar a una persona que atraviesa este proceso no significa encontrar una frase que elimine su dolor.
Pérez Islas recomienda escuchar y recibir lo que la persona quiera compartir, sin convertir el momento en un interrogatorio.
“Creo que la mejor manera de hablar sobre este tema es escuchar, no preguntar”, señaló.
Esto implica evitar preguntas motivadas por la curiosidad y permitir que la persona decida qué quiere contar, cuándo hacerlo y hasta dónde profundizar.
También significa no intentar llenar los espacios que quedaron sin respuesta con especulaciones.
La especialista resume esta idea en una premisa: el doliente debe ser acompañado en el lugar emocional en el que se encuentra, no presionado para llegar a un punto determinado.
Recordar a la persona más allá de su muerte
Para Pérez Islas, avanzar después de una pérdida no significa olvidar a quien murió ni dejar atrás la relación que existía.
“Seguir adelante significa asimilar lo ocurrido, retomar una nueva rutina, una nueva vida, integrar la pérdida a la realidad de tu existencia”, explicó.
Una parte del proceso consiste en recuperar los recuerdos de la persona desde su historia completa y no reducir su vida al momento de su muerte.
“Lo más importante que hizo alguien no fue morir, fue vivir”, señaló.
Desde esta perspectiva, recordar puede convertirse en una forma de conservar el vínculo con quien ya no está, pero desde una mirada que incluya los momentos compartidos, el afecto y las experiencias que formaron parte de la relación.
Hablar de prevención también significa hablar del duelo
La OMS señala que el suicidio constituye un problema importante de salud pública y que sus consecuencias alcanzan a familiares, amistades, comunidades y otros círculos cercanos. Para 2026, la campaña del Día Mundial para la Prevención del Suicidio tiene como lema “Changing the narrative on suicide”, con el llamado a iniciar la conversación y reducir el estigma.
En México, los datos del INEGI muestran la dimensión del problema: los 8,856 suicidios registrados en 2024 representaron una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes. La tasa fue de 11.2 entre hombres y 2.6 entre mujeres.
Hablar de prevención, por tanto, no se limita a identificar señales de alerta. También implica reconocer a quienes permanecen después de una muerte y necesitan espacios para procesar la pérdida sin cargar con estigmas ni culpas.
Para Gaby Pérez Islas, el objetivo es sustituir la vergüenza por respeto, escucha y comprensión.
“Quisiera que este duelo se visualizara, que se hablara más de esto para que realmente tuviéramos las cifras correctas, la estadística, dimensionaran las autoridades la crisis que esto es y hicieran mucho más programas acerca de salud mental”, señaló.
En este Septiembre Amarillo, hablar del suicidio también implica hablar de quienes sobreviven a la pérdida: acompañarlos, escucharlos y permitirles transitar el duelo sin convertir su dolor en motivo de juicio.
