La Jabalinada Por Bruno Cortés
El gobierno dice que no fue pago político. La CNTE dice que no se rinde. Y en medio quedan los niños, el rezago educativo y una pregunta con olor a gis mojado: ¿en qué demonios se va a notar tanto dinero?
El asunto no es si los 800 millones de pesos traían moño, sobre amarillo o bendición presupuestal. El asunto es más incómodo: si ese dinero era para combatir el rezago educativo, entonces alguien debería explicar, con pizarrón y marcador, cómo se traduce en niños leyendo mejor, escuelas funcionando y maestros donde faltan. Porque decir “rezago” en política mexicana ya se volvió como decir “transparencia”: suena bonito hasta que uno pregunta por la factura.
Mario Delgado salió a apagar el incendio con cubetita institucional: no, dijo, no fue dinero para la CNTE; no, no fue pago por levantar el plantón; sí, es recurso educativo; sí, va para plazas, horas, recategorizaciones y contrataciones. Muy bien. Entonces la pregunta no se va, nada más cambia de salón: ¿cuántas plazas?, ¿en qué municipios?, ¿para qué niveles?, ¿con qué diagnóstico?, ¿con qué calendario?, ¿con qué evaluación? Porque 800 millones sin mapa pueden terminar siendo pedagogía de la opacidad.
La CNTE, por su parte, levantó el plantón sin levantar sus demandas históricas. La joya de la corona era la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, el regreso a una jubilación digna y garantizada. Eso no llegó. El aumento salarial de 100%, tampoco. La derogación completa de reformas educativas, tampoco. El monstruo de la USICAMM recibió promesa de funeral administrativo, pero ya sabemos que en el gobierno mexicano hay cadáveres que siguen cobrando quincena.
Entonces, ¿qué se cumplió? Se cumplió lo negociable, no lo fundamental. Se consiguió una bolsa para Oaxaca, estímulos aquí y allá, una ruta burocrática para revisar mecanismos laborales, y el clásico “seguimos dialogando”, esa frase que en México sirve igual para resolver conflictos que para enterrarlos vivos.
¿Fue soborno? Jurídicamente, hay que tener cuidado: no hay prueba pública para afirmarlo. Políticamente, la escena se ve fea. Después de semanas de presión, bloqueos, plantón y Mundial encima, aparece una bolsa millonaria y el campamento se desmonta. No hace falta gritar “soborno” para oler el intercambio: el gobierno compró tiempo, la CNTE compró aire y el rezago educativo siguió sentado en la última banca.
El problema es que el niño de Oaxaca, Chiapas o Guerrero no come minutas. No aprende matemáticas con comunicados. No mejora lectura porque un funcionario diga “recategorización” tres veces frente a una cámara. Si el dinero va a rezago, que se vea en aulas abiertas, docentes completos, materiales, conectividad, formación, asistencia y resultados. Si no, será otra beca para la simulación.
También hay una contradicción que muerde: el gobierno presume transformación, pero negocia como los viejos gobiernos; la CNTE presume lucha histórica, pero acepta acuerdos parciales; y el sistema educativo presume prioridad nacional, pero los estudiantes aparecen al final, como pie de página de una batalla sindical.
La Jabalinada es esta: cuando 800 millones sirven para bajar una carpa, pero no queda claro cómo van a subir el aprendizaje, no estamos frente a política educativa; estamos frente a control de daños con presupuesto público.
